Con la expresión alta cultura descafeinada lo que pretendo es ofrecer una forma dentro de la cual situar el proceso altamente complicado, hasta rocambolesco, consistente en la desactivación de todo conflicto cultural bajo la aparente –y paradójica– manera de extremar ese conflicto. Es decir, desactivar la fuerza política de un conflicto cultural llevándolo al extremo, expandiéndolo, pero vaciándolo de gesto político más allá de lo institucional. Digamos que es la actualización del conflicto entre cultura y poder. Es una táctica común a todo el proceso de transformación cultural vinculado al capitalismo en su fase neoliberal, lo que en un libro anterior llamé activismo cultural neoliberal. Pero lo curioso es el que el conflicto sigue estando ahí, y el elemento radical se mantiene. Llevándolo al terreno personal, me permito poner un ejemplo. Recientemente me ocurrió que una entrevista que iba a salir en un medio nacional quedó sin publicar simplemente por el hecho de apuntar en ella que el Banco Santander, la Fundación Botín y otras han vaciado por completo de sentido crítico, transformador, todo elemento cultural, creativo, afectivo. Usan el arte con la finalidad de reforzar su discurso reaccionario disfrazado de bondad creativa. Algo así de simple y fácil de comprobar provoca que una entrevista no se publique en la sección de Cultura de un diario nacional con “supuestos tintes progresistas”. Esa es la relación entre cultura y poder. Desde su perspectiva la cultura ha de ser un espacio de consenso, no de conflicto. En la cultura, parece apuntarse, no puede haber ortigas, aunque sin ortigas no hay paisaje, y necesitamos paisaje, y necesitamos ampliar ese paisaje.
Alberto Santamaría, em entrevista
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